Una nueva manifestación de violencia volcánica volvió a exponer la vulnerabilidad de la infraestructura de transporte en el sudeste asiático. La erupción del volcán Anak Krakatoa obligó a las autoridades de Indonesia a clausurar de manera preventiva seis aeropuertos y restringir las operaciones en las islas de Java y Sumatra. La medida provocó la cancelación y reprogramación de más de 200 vuelos locales e internacionales, dejando varados a cerca de 22.800 pasajeros en medio de un despliegue de ceniza que alcanzó la capital, Yakarta.
El fenómeno afectó de manera directa a gigantes del transporte aéreo como Garuda Indonesia, AirAsia, Singapore Airlines y Cathay Pacific, cuyos planes de vuelo debieron ser alterados de emergencia debido al peligro inminente que representan las partículas de ceniza para los motores de las aeronaves. En las poblaciones linderas al estrecho de la Sonda, la nube tóxica forzó la suspensión de clases, la interrupción de la pesca y la movilización de camiones cisterna para lavar las arterias viales principales en un intento por mitigar los riesgos respiratorios y de visibilidad.
Aunque la Agencia Nacional de Gestión de Desastres (BNPB) descartó por el momento el riesgo de un tsunami —evitando un colapso como el registrado en diciembre de 2018 que dejó un saldo de más de 400 muertos—, la crisis aérea pone en evidencia las grietas en los planes de contingencia ante eventos climáticos y geológicos recurrentes. La restricción de tres kilómetros alrededor del cráter se mantiene activa mientras la comunidad internacional monitorea el impacto económico y operativo de esta nueva parálisis en las rutas del continente.
