A solo 48 horas de las trascendentales elecciones presidenciales en Brasil, el Gobierno de los Estados Unidos dispuso la suspensión total de sus servicios consulares en la Embajada de Brasilia y en todos los consulados desplegados en territorio brasileño. La determinación del Departamento de Estado, respaldada poco después por una medida similar adoptada por la embajada de Australia, fue justificada bajo escuetos y opacos «motivos de seguridad», recomendando a los ciudadanos norteamericanos no acercarse a los edificios diplomáticos y encendiendo las alarmas en todo el escenario regional.
El abrupto repliegue Washington ocurre en un contexto de altísima polarización política, donde el presidente Luiz Inácio Lula da Silva busca la reelección frente al senador opositor Flávio Bolsonaro. La medida oficial se da tras repetidas advertencias del mandatario brasileño sobre presuntas maniobras de injerencia extranjera en el proceso electoral, que incluyeron reuniones de inteligencia con delegaciones de Francia y Alemania para analizar supuestas acciones de influencia de potencias internacionales antes de la jornada del domingo.
La drástica decisión de las sedes diplomáticas profundiza el clima de tensión bilateral entre Brasilia y la administración norteamericana. La relación atraviesa un momento crítico tras las recientes imposiciones de aranceles comerciales a productos brasileños, la quita del visado a la embajadora en Washington y la clasificación de las bandas criminales PCC y Comando Vermelho como organizaciones terroristas por parte de la Casa Blanca, una medida fuertemente rechazada por el Ejecutivo brasileño al considerarla un potencial argumento para la injerencia externa.
